Pienso en imágenes todo el tiempo. Fotografías, puestas en escena, movimientos. Diálogos, no diálogos. Me han dicho que en sueños he relatado en voz alta la puesta en escena de un texto que no se acuerdan bien cuál es. Suelo hablar en voz alta cuando duermo. Me sucede que al leer un texto, automáticamente voy trasladándolo a imágenes al mismo tiempo que lo leo. A veces las imágenes tienen que ver con él. Otras veces nada que ver. Creo que más que construir escenas, las destruyo en cuanto voy leyendo un texto. Me imaginaba a Ofelia vestida de hombre, peinada a la gomina, dando la espalda al público, declarándole su amor a Hamlet con una copa de vino en la mano. O gente que corre mientras miles de textos de diversos autores son dichos en voz alta por un sinnúmero de actores. Tengo imaginación. No sé si eso servirá a la hora de dirigir. Quizás lo correcto sea encontrar la mezcla exacta entre imaginación, estructura e hilo conductor. Un triángulo. O una pócima perfecta. Un trabajo de laboratorio.
Para la tarea he elegido el texto de uno de mis dramaturgos favoritos: Jan Fabre. La obra es “Soy Sangre”. He elegido música medieval. Creo que le otorgará un ritmo al texto. Es música medieval que escuchándola provoca una cierta distorsión. Soy Sangre habla del cuerpo. Lo medieval negaba el cuerpo, lo escondía, lo ligaba a lo oscuro, a lo profano. Fabre, en este texto, expone el cuerpo. Es más, lo descuera y expone su sangre. La sangre, porque podría ser la sangre de cualquiera. O la tortura a la que podría ser expuesto cualquiera. Me gusta la sangre como elemento de inspiración teatral. El cuerpo, como elemento que une imagen con escena.
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